Contribución de la Familia Vieco a las Artes Plásticas en Colombia

Una familia de artistas

Por: Otto Morales Benítez

De pie de izquierda a derecha: Carlos, Roberto, Bernardo, Alfonso, Luis Eduardo y Gabriel; sentadas en el mismo orden: Tulia, doña Teresa Ortíz de Vieco, Sofía y Eugenia. 

 

 Foto Melitón Rodríguez, 1936

Sobre el arte y el artista son posibles todas las imaginaciones. Sobre el pequeño misterio que es un hombre asistido de prendas espirituales, se levanta una novela que principia a correr, loca, desesperadamente, por el continente fantasioso de los hombres. El arte, que es una especie absurda y contradictoria para las gentes comunes, predispone a la baraja de nuevos argumentos, de posibles renunciaciones, de fantasías generosas, y de ridículos sistemas que apenas florecieron en piadoso peregrinaje imaginativo del asombro. Sobre la vocación se han escrito tratados y reflexiones pesadas como el caterpillar. 

 

Acerca del ejercicio de la voluntad han logrado formular extensos recetarios para uso de adolescentes. 

En cuanto a los nuevos y obligantes reclamos de la íntima vida, de la recatada y pasional vida interior, del inframundo del lugar misterioso y generoso de acciones espirituales, apenas se habla con un sigiloso recato.

 

La Familia Vieco, o mejor, los Vieco Hermanos, es algo distintivo en nuestro corazón a proa de emociones y de gentes con la corteza de su entusiasmo en la mano tendida como un nuevo mantel de promesas. La Familia Vieco tiene un sello característico: la firmeza. Firme en su pasión por las disciplinas artísticas, firme ante la vida, invariablemente firme en su modestia que la cobija como un generoso manto de silencio. 


Un sello característico a todos sin exclusiones, es la honda, fiel pasión por las cosas de la tierra. El folklore les reverdece todos los días en el corazón. En la música se sale esta alma colombiana triscando como un cervatillo en el querencioso y sentimental bambuco.

En la escultura se vuelve firme piedra de afirmaciones de altas situaciones humanas, nuestras y propias. En la acuarela copia, en una discreta combinación pictórica, todo el color humano de nuestra gente y paisaje. 

En toda la vida, en la más simple manifestación, en la menos trascendental acción de estos hombres, sale el color, la emoción, la violencia de nuestra propia vida. Los Vieco han hecho una obra popular, usando esta palabra en el sentido que tiene, por ejemplo, en la literatura española. Honda vida, vigilante pasión del mundo de los días, abisal atisbo al alma, maduro y acendrado camino de la tierra en el hombre. 

Los Vieco Hermanos lograron hacer obra nacional americana si queremos. En otros días se habló propiciando el desenvolvimiento de nuestras tradiciones indias, diciéndose que el arte americano, el arte indígena, la fuerza de la tierra, debía salvar todo un movimiento. Fue una propaganda de cartel, de afiche, que se quedó en escarceos. 

No salió de ese movimiento indigenista como algunos lo Ilaman, ninguna obra madura, ni en la novela, ni en lo pictórico, ni en la escultura. Eso sí, creó una inquietud, una nerviosidad hacia ciertos tópicos, una aguda visión, se despertó mi sexto sentido de la realidad americana. Tan indispensable es introducción de lo nuestro, lo criollo en la obra artística, que ya lo podemos afirmar como necesidad inaplazable. Pues bien: el folklore, que es una fuerza, una entidad aprovechable, no es solamente, exclusivamente, el arte o la expresión de nuestra vida espiritual. Grave error y generoso pecado, que de tanto serlo, apenas es agotamiento. 

Los Vieco Hermanos logran reunir elementos de los cuales hablaba el sistema americanista, los aglomeran, los vierten en obra, discreta y silenciosa.  


La herencia, sin el fatalismo agresivo que le demarcan algunos científicos, es lógico que influye, que determina abundosas vocaciones. Es la sangre que coge los ríos innacibles de las venas y va jugueteando pasiones y aventuras, hondos dolores y macerados júbilos por la presencia del amor en un instante de nacimiento y recreación. 

El abuelo de los Vieco, Pedro Emigdio, tuvo hijos que amanecieron con la sensibilidad gozosa de paisajes y de cantos, con la vida cromada de caminos y de trinos. Elías, por ejemplo, fue un gran catador de libros, que renunciaba la dirección de la Biblioteca Zea en un gesto versallesco, por que era un lugar poblado de recuerdos lejanos para su extensa cultura. El mismo, sin conocer el contrabajo, hizo una guitarra para reemplazarlo. Era, pues, la abundancia de corazón, era el grito amoroso deI canto, era el instintivo camino de la creación, que unos días amanece sobre la nota y al otro, por los ríos de la sangre, desembarca en un puerto acuarelista y tropical.  


Camilo, padre de los Vieco Hermanos, Elías y Alejo - la herencia, la tradición, la enseñanza - hicieron sus instrumentos, los fabricaron sin conocerlos, apena. presentidos, apenas Ilegados en una nota del día o en un signo zodiacal del destino. La madre, doña Teresa Ortíz, que el año cuarenta recibió la Medalla del Civismo y hace poco la Cruz de Boyacá, tuvo una participación honda, suave y definitiva en la vida de los Vieco Hermanos: Luis Eduardo, el mayor; Bernardo, el escultor; Gabriel, nacido para arreglar el continente que alberga los cantos religiosos; Alfonso, luchador fuerte, que Ileva paisajes de música de países, donde paseó su bondad y fineza; Roberto, ante el trabajo de organizar y dirigir como un abuelo generoso del arte; Carlos, el menor, lleno de trinos y sueños, cargado de aires tropicales, amanecido sobre la serranía y vuelto a la noche en el trópico, con los bambucos y sus pasillos colombianos que hacen revivir jirones de la historia nacional. Ella, la dulce madre, orientaba vocaciones, regentaba los caminos del porvenir, vigilante sobre la proa de su corazón, desde donde salían las ordenes conminatorias del triunfo. 

La madre era esa amiga jubilosa que se busca, era "La Romelia y su imposible amor". Los hijos, los Vieco Hermanos, habían amanecido con la estrella sobre el hombro, sobre el corazón anhelante, cerca a la palabra humedecida de cantos y de ruegos de la madre. 

Es notoria la preocupación novelesca en torno a los artistas. Se necesita una serie de anécdotas, de recreaciones empíricas imaginativas, de ardorosos impulsos vencidos en la bohemia o en el error cotidiano, para que un hombre adquiera cierto vigor espiritual. Ese concepto, influencia nefanda de una época ardida de vinos espirituosos, de paganismo agresivo, de paraísos artificiales y golosos, empieza a cancelarse. 

El artista es el hombre común, el amigo cordial, el benévolo ciudadano de todos los días. Esa grotesca época romántica sólo queda engarzada en ligeros hombres y en fáciles posturas humanas. Los Vieco Hermanos no tienen nada extraordinario para escribir, anecdotizar, o salpicar su vida. Es ella de dura brega, de grave reflexión, de acendrado espíritu luchador Ellos, ninguno, ha tenido ni posee snobismos, ni ambiciosas bohemias, ni lucientes vicios románticos. Son hombres sencillos, modestos, de una discreción orgullosa. Saben su porvenir, conocen sus caminos, adivinan sus obligaciones espirituales, las encauzan, las favorecen.

Luis Eduardo VIeco


Bernardo Vieco


Gabriel Vieco


Alfonso Vieco


Roberto Vieco


Carlos Vieco

Luis Eduardo el mayor, empezó la vida como la continuaron todos sus hermanos: envasando vinos. El maestro Francisco A Cano, viejo amigo del padre, encontró una parcela para el arte pictórico. Los ratos que se llaman ocio, eran de aprendizaje. ( No haremos criticas de arte en esta ligera crónica, porque creemos que Ramón Gómez de la Serna dijo una absoluta verdad: "la crítica de arte es tan estúpida como el Esperanto".) Y la vida con su marcha y con su carga y con dolor y con su esperanza. Era la apremiante necesidad, era la ambiciosa glotonería de los días. Y así Luis Eduardo fue cumpliendo itinerarios diversos. Fotógrafo hoy, y litógrafo mañana. Escenógrafo y músico. con contribución de Vieco Hermanos en el primer concierto popular que escuchó Medellín. 

Era el año de 1930 y las hermanas Villamizar participaban El pueblo se aglutinaba a recibir bambucos y pasillos que nacían nuevamente sobre la emoción. Después Luis Eduardo fue grabador (acero, cobre, aguasfuertes). Pero la pintura ha sido, digámoslo con una palabra modernista, su "hobby", Es su amor, su pasatiempo, su íntima raíz, su precioso camino de vocación y de pasión. 

La acuarela, el retrato, son las dos ramas que ha escogido para laborar su vida artística. La alegoría del Himno Antioqueño, es una interpretación que nos hace revivir la raza, la historia, el poderoso raigambre emocional de la tierra y de Dios. Sus óleos han levantado el prestigio pictórico de nuestros muestrarios artísticos en varias exposiciones. La caricatura fue un camino que abandonó Luis Eduardo, a pesar de su acierto en el trazo burlón, y donde, de seguirlo, hubiera logrado grandes éxitos.

El hombre que aprisionaba su lápiz salía con el alma en un simple puntillazo de carbón. Sus interpretaciones de los "mineros" renuevan los elementos de esa raza, alto cúmulo de experiencias y material humano aún inexplotado en este país. En la acuarela tiene apuntes que aprisionan cosas que han nacido y muerto con nosotros. Otros paisajes que nacieron hace años y apenas llegamos a descubrirlos ahora en la expresión pictórica del artista. 

Bernardo, el escultor, ya tiene un señero sitio en el arte colombiano. También envasó vino, también tuvo sus oficios diferentes. Tuvo qué defenderse de la vida con la ardentía generosa de su corazón Contador fue un tiempo. El maestro Cano también despertó y alentó a descubrir nuevas facetas del artista. Ornamentador, viajero por España, por Bélgica, por París. Y su pasión, la escultura. Ya en Medellín, sin elementos para la fundición, sin haber trabajado nunca en ese ramo, logró fundir su Monumento al Obrero, que es una obra que entraña todo el proceso afirmativo de ese fragoroso y espoliado hombre de riqueza. Eso fue un prodigio. 

Hemos preguntado cuál fue la sensación del artista, cómo reaccionó, cuál sería el íntimo regocijo, por dónde caminaría su sentimiento al encontrar el "pequeño milagro". Nada de ostentación, nada de júbilo exterior. La modestia, que es el regulador de los Vieco Hermanos, apenas permitió un ligero asombro. Pero el mundo de los sueños ya estaba colmado de nuevos vientos, de caballerosos giros de pasión, de ambiciosos prospectos de porvenir. 

Triunfó Bernardo con obra que sobresale, especialmente, por su sentido clásico, la proporción, la mesura. En esas masas que son los hechos escultóricos, existe una armonía, una pura conjunción. Es expresiva, interpreta la vida, la modela, los personajes adquieren una expresión, revelan todo un proceso, todo un sentido de la originalidad, de la creación. Es el vigor de todas sus obras un reflejo intenso de como ha valorado sus hombres y los paisajes de su tierra en su inquieta emoción. 

Los relieves sobresalen por la expresión anímica. Es sub-fondo, es alma, es interpretación honda y fiel, nada de ornamentación fría y escueta. Algún crítico dijo que Bernardo Vieco sobresalía por el "dominio de la dimensión"  

Victorio Macho el gran escultor español, de renombre universal, elogió la "forma y la expresión" de las obras de Bernardo Vieco. Y en este artista, como en todos sus hermanos, hay fidelidad a la tierra, honda y seria fidelidad a sus montañas. La Alegoría en el monumento a la Primera Locomotora que Ilegó a Antioquia muestra todo un proceso sintético de vigor, de alto porcentaje de alegría y de esfuerzo. La estatua al General Santander es un índice cierto de todo el porvenir de Bernardo Vieco.

El país está sembrado de bustos que ha hecho el escultor antioqueño. Ya la forma dura, la violencia creadora de la raza, la pasión trasvásica de la tierra, está, por manos y gestos duros del bronce, en poder de Bernardo Vieco, hablando de cómo es de firme su emoción.

 

El arte no es solamente una experimentación. El arte no es una honda y reflexiva pasión estudiosa. El arte es un sonambo, fantasioso y vago. Pero el arte es la única realidad de las épocas y de los hombres. Gabriel Vieco a Ios doce años, en el asombro de la infancia hizo su primera presentación. Ya era un atisbo, era algo que empezaba a descubrir sentimientos, callados destinos, ocultos misterios; cansados o retardados o apenas precisos mensajes de la voz y de Ia sangre.


Trabajó en Unión Musical que formaban los Vieco Hermanos y otros artistas populares de grato, intenso recuerdo en la vida artística antioqueña. Tocaba su lira y daba clases. La defensa, la lucha, la violenta presencia de la vida. Uno de ellos me decía: "no hemos hecho nada, no hemos ambicionado sino vivir, honrada y cristianamente". Pero no. Han hecho un mundo, han creado un sistema de merecimientos, de triunfos. Después el violín. En la "Orquesta Sinfónica" de Bogotá fue uno de los artistas más queridos y apreciados. Como casi todos los Vieco tiene medallas, galardones, condecoraciones, la viola, la guitarra, y el acordeón.

 

La pasión por encontrar en cada instrumento un nuevo mundo musical. Pero lo que le ha deparado grandes triunfos, hasta recibir felicitaciones y liras del Sumo Pontífice, es la lutería, o construcción de órganos. En la Casa Salviani, en Milán, donde le ofrecieron un contrato que desechó por regresar al tibio reposo del hogar; en el Aeolian Company de EEUU trabajó también con éxito sorprendente. Allí admiraban "al indio americano" que mostraba una peripecia que apenas presentían los técnicos, los altos profesionales de tal rama. El órgano de Girardota que se despedazó y perdió toda su propiedad orquestal, igualmente lo reparó. El órgano de Civitta Vecchia también, y ese fue el momento en el cual el Papa le envió fuera de algunas prendas económicas, una bendición de Dios. Y la vida una vez más frente a Alfonso. Vida de arte y de generosa lucha. Tiene su taller de reparaciones de pianos. Es una firma acreditada.

 

El hombre trabaja con una amorosa delectación, con una abundancia de corazón, que apenas repara en la soldada. Toca el violoncello admirablemente. Cuando Bracale llegó asistido de prestigio y de aventuras, custodiado por la fama y el porvenir, se llevó a Alfonso Vieco. El Perú, el Ecuador, otros países más, escucharon al artista. Su arte, su pasión por él, lo mantiene alejado de ostentaciones, de violentas ambiciones, es la mesura, la discreción, el rechazo al reclamo, a toda peligrosa comercialización de su vocación.

 

Aquí nos es muy familiar Roberto, director de la Banda. Nuestra institución Departamental es uno de los altos motivos estéticos de Medellín. La Banda Departamental, que es mucho del esfuerzo, la vigilante constancia, la amorosa presencia de Roberto Vieco, es una organización musical que puede presentar conciertos en los cuales alterna lo clásico con lo regional, lo eterno con lo circunstancial de nuestro mundo. Sus maestros todavía se mencionan con cariño y con respeto, como que estuvieron en la vida artística en altos sitios: Pedro Pablo Santamaría y Jerónimo Velasco.

 

No podemos olvidar que Roberto Vieco es un maestro en el clarinete. Es su especialidad; al instrumento que mayores veladas y que más altas presiones del corazón ha puesto. En la Unión Musical también logró contribuir con su experta visión, con su maduro conocimiento, al avance de nuestro gusto artístico.

 

Carlos, el menor, es sonámbulo de sueños y de ritmos. Cuando le vemos caminar, parece que regresa de un país donde el encanto y el misterio suben como la miosotis. Los aires colombianos, los motivos musicales de la tierra, esos pequeños trozos de emoción que todos llevamos y apenas presentimos, las palabras que agonizan en nuestro corazón sin asomar su rostro explosivo de verdad, todo ello lo toma Carlos Vieco y nos lo vierte a una música que se enreda al corazón, al alma, como un mensaje aprisionante. Es el embrujo de la tierra, el tibio calor de la noche, el amoroso contento de la mañana, el peregrino anhelo de melancólicas aventuras y gozosos caminos que desemboquen en el mar de los deseos.

 

En un concurso que se realizó en New York sobre la música suramericana, Carlos, el menor de los Vieco Hermanos, cuando se presentaron quinientos aspirantes, ocupó el cuarto lugar. Es un compositor sencillo, dulce, con algo patriarcal en su acento musical. Todo ello le mereció la distinción otorgada por la General Electric en su estación WGY de Schenectady. En el año 34, para recordar otro detalle interesante en la vida artística de Carlos Vieco, el jurado compuesto por Mascheroni, Bravo Márquez y Eusebio Ochoa le hizo un homenaje de admiración y de reconocimiento. Pero Carlos, profesor en el Instituto de Bellas Artes, sigue con su carga de sueños, como un pequeño ascensor de luces de mañanas, de claridades. Su vida todavía, como en las grandes novelas misteriosas, tiene caminos abiertos de alto y seguro porvenir.

 

Este trailler sobre artistas nuestros, sobre hombres de la "dura cerviz", es un regocijo estético y promisorio de nuestras gentes. La raza fenicia que decimos, también tiene sus discretos y creadores dominios de arte. Una familia que ha tenido tanta vigilancia por los aspectos estéticos, que afirma una generosa pasión por los destinos artísticos, que todos los días amanece con la inteligencia y con el corazón sobre la telúrica fuerza de la patria, nos depara una frondosa alegría.

 

El arte no puede ser en nuestro medio un expósito, el estulto grosero de las masas burguesas, sino un depurado vivir, un decantado proceso cultural. La Familia Vieco, con una vida sin mayores aventuras, sencilla y fresca como el agua, pura y simple como el día del campesino antioqueño, paciente y discreta como el obrero afirmativo en el cual nace un mundo nuevo, dura y sostenida como un paisaje montañés en el alma del hombre, sabe que la vida es esta visión generosa de Dios y de los hombres.